Agua

Asociar la noción de esencia de vida y el concepto de sostenibilidad con el agua es clave para inaugurar el establecimiento de vínculos más sabios del hombre con el recurso primordial, con la naturaleza toda y también con sus semejantes.

Porque el reconocimiento profundo del vínculo casi sagrado del agua con la vida puede ser propicio al cambio de paradigma de pensamiento que necesita nuestro tiempo con sus serios desafíos: el abandono de la cosmovisión antropocéntrica aún imperante, por una biocéntrica en la que el hombre se comprenda a sí mismo como un elemento más del extraordinario sistema de la vida, cuya perdurabilidad, al igual que la de cualquier sistema, depende de la armonía de cada una de sus partes entre sí y con el todo. El antropocentrismo es en gran medida responsable de los problemas que hoy enfrentan el planeta y la humanidad.

Por otra parte, esta comprensión y el consecuente respeto y cuidado del agua en su indisoluble vínculo con la vida, es una oportunidad para reflexionar sobre valores de alcance universal y reconocer la urgencia de instalar la observancia de esos valores como ejercicio cotidiano en todos los ámbitos de la interacción humana. De esta manera, el agua se descubre como lo no humano que advierte al hombre sobre la necesidad perentoria de ser éticos para vivir y también para sobrevivir.

Los problemas ambientales están pues obligando al hombre a encarar una vida con ética. El agua en particular es la esencia de la vida en la Tierra. Alrededor del 70% del cuerpo humano está compuesto de agua. ¿Estamos siendo dignos custodios del recurso?

La problemática del agua (su creciente escasez y contaminación, los millones de personas que mueren cada año por problemas relacionados con el agua), nos pone ante esta disyuntiva existencial: o una vida desprovista de valores, con el horizonte cierto de la autodestrucción, o una vida de hábitos éticos para la supervivencia y el desarrollo equilibrado de la sociedad.